Prensa - La Pequeña Corrientes
La calle Andes, antiguamente llamada calle de los Andes, a la caída de la noche se convertía en una fiesta. Por lo menos es lo que contaban los veteranos recordando sus tiempos mozos del 20 al 30 y lo que cuentan algunos memoriosos de las décadas del 50 o del 60, que quedan pocos. Las veredas comenzaban a hervir de gente, los comercios encendían las luces y las marquesinas, los automóviles se abrían paso a fuerza de toques de bocina y la gente iba y venía y volvía a venir como si no supiera a donde ir o quisiera estar en todos lados a la vez. Tanto era el bullicio, del que se sentían orgullosos los montevideanos, que la inspirada pluma de algún anónimo cronista la bautizó como la “pequeña Corrientes” en tímida comparación con la gran Avenida de Buenos Aires ensanchada en la década del 30, materialmente inundada de ríos humanos en la noche porteña, con un brillo y esplendor que nada tenían que envidiar a los bulevares o ramblas europeas. Oribe Pereira, uno de los personajes que entrevisté en el bar COCKTAIL, antiguo canillita y vendedor de billetes de lotería, recordaba en tono nostálgico, que “de madrugada la calle Andes tenía tanto movimiento como 18 de Julio a las 5 de la tarde”. No es de extrañar, entonces, que más de 20 cafés, bares y confiterías, contados uno por uno, abrieran sus puertas y ventanas a lo largo de las cinco cuadras más concurridas, desde Soriano hasta la esquina con Uruguay. Y que existieran otros motivos de diversión y espectáculos de segura atracción en los dos teatros existentes, el URQUIZA (luego ESTUDIO AUDITORIO DEL SODRE) y el ARTIGAS en la esquina de Colonia y Andes. Y también un lujoso cabaret, que cambió tres veces de nombre, además de bowling, billares y locales de apuestas de carreras hípicas, todo lo cual le confería un aire cosmopolita para todos los gustos y acorde a todos los bolsillos. Comencemos entonces el listado y revisión de los cafés que daban a la calle Andes y su radio de acción, empezando desde el sur...

...Enfrente, sobre la acera este, se encontraba la confitería LA MALLORQUINA, una de las más elegantes y concurridas de la ciudad. Recuerdo haber sido cliente habitual durante años, gustando de disfrutar del café después del almuerzo en un entorno tranquilo de madera y música suave. Muchas señoras y madres con niños completaban la clientela en horarios vespertinos, pero de noche se llenaba de una concurrencia más versátil para presenciar espectáculos con orquestas de tango y música tropical...

FUENTE: Revista Raíces N° 146 / Diciembre 2012
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